Correr con Saramago

Por: Nicolás Ibáñez

Sobre Todos los nombres, 1997. 


“...pero sabiéndolo nosotros, en fin, que lo que da

verdadero sentido al encuentro es la búsqueda y es 

preciso andar mucho para alcanzar lo que está cerca.” J.S.

 




Comenzar a leer a José Saramago se asemeja mucho a correr cinco kilómetros diarios después de una década de sedentarismo, tabaco y alcohol. Los primeros días la tarea parece imposible, el aire no alcanza, las piernas, reblandecidas por el desuso, se agotan al primer mínimo esfuerzo, el cuerpo pesa en toneladas de plomo, la voluntad se doblega y la meta se ve tan lejana como el final de una oración en una novela suya. Sin embargo, después de algunos días, los cinco kilómetros se quedan cortos y empezamos a correr un poco más, seis, ocho, diez, y vamos conociendo el trayecto, los ritmos, las velocidades, los puntos altos y los puntos bajos, los códigos, la gramática, la sintaxis, y aprendemos a escuchar —a leer— el flujo de conciencia que nos va llevando hasta el final de cada frase, de cada párrafo, de cada libro, como en un laberinto o en una maratón. 


Por eso, para el deleite de la lectura saramaguiana, para empezar a ganar fondo, hay que hacer un pacto con un estilo y con una estética, es decir, con una manera de entender la vida y la literatura, que para él son lo mismo. Esto bien podría aplicarse a cualquier escritor, a cualquier obra, si no fuera porque Saramago llevó la cuestión estilística a un nivel de expresión verbal y a una forma de narrar tan original que su narrativa se sitúa lejos de todos los convencionalismos tradicionales y por eso nos exige un esfuerzo mayor. Pero una vez hacemos este pacto y entendemos las claves de lectura que él mismo nos proporciona, es imposible detenerse, y cada novela suya se nos presenta como una fuente profunda de revelaciones lúcidas que oscilan entre la fábula, la filosofía de lo cotidiano y el ensayo crítico. 


Todos los nombres no es la excepción. La novela cuenta la historia de la búsqueda de un hombre por una mujer desconocida. El hombre es don José, un escribiente aburrido y solitario, aficionado a coleccionar recortes de prensa de personas famosas. La mujer es sólo un nombre, una ficha que llega por azar a las manos de don José una noche en la que, en busca de datos de sus famosos, ingresa a la Conservaduría General del Registro Civil y roba las fichas biográficas de cada uno de ellos. En medio de estas fichas, pegada entre las otras, viene la de esta mujer. Don José se obsesiona con el anonimato de esta mujer desconocida y so pretexto de buscarse a él mismo, empieza a buscarla a ella. 


La novela se podría resumir en una página, pero, como siempre, Saramago trasciende la anécdota y en los pliegues de la narración, en ese flujo verbal inasible y dislocado que caracteriza su estilo, como el viento de una ráfaga, nos revela el gran tejido simbólico hasta dar con algo mucho más profundo que está muy cerca del autor, del personaje y de todos nosotros. De la búsqueda absurda de don José por esta mujer, Saramago construye una parábola sobre el amor y la muerte que tiene ecos en el mito de Ariadna, en la aventura de Alonso Quijano y en los cantos de la Divina Comedia. 




Saramago rescata las metáforas del mito de Ariadna y las introduce resignificadas en la novela: el laberíntico archivo de la Conservaduría al que hay que entrar con un hilo amarrado a los pies para no perderse; el viaje al que se lanza el protagonista en busca de conocimiento sobre alguien y sobre sí mismo; el naufragio de don José al saber que la mujer que busca está muerta y que todo es irremediable; el regreso al inicio y la transformación de toda una vida. Pero también don José, como el Quijote, aferrado a la lectura de documentos como método de conocer el mundo, decide arrojarse, por primera vez, a vivir una aventura real, y aunque no tiene un Sancho al que prometerle una ínsula, sí tiene una Dulcinea que encontrar, una mujer desconocida por la que arriesgarlo todo a pesar del sin sentido. Por último, nos aparece el espacio de las sombras, el territorio de los muertos en el que se archivan los nombres, todos los nombres de quienes han pasado por esta tierra y ya no están, allí donde don José tiene que bajar para encontrar lo que busca, allí donde, entre muertos, en el cementerio, pasa la noche velando una lápida, allí donde termina todo. 


La paradoja de la novela es que los límites entre el espacio de los vivos y el espacio de los muertos se vuelven cada vez más difusos, cada vez más disueltos, y una persona termina por no ser sino un nombre, un número, una ficha biográfica de espacios por llenar, un olvido. Al final, Saramago nos advierte que, de todos modos, “todo gira alrededor de saber dónde se encuentran realmente las personas que buscamos” ya sea que estén vivas o no, y nos recuerda que sólo la memoria puede salvarnos. Como decía un lector, Todos los nombres es una novela sobre la muerte, pero para hablar de la muerte hay que hacerlo desde el amor, así que la historia de don José también es una historia de amor. 


Si usted no ha empezado a leer a Saramago todavía, esta novela es una excelente manera de iniciarse en este ejercicio, pero también puede leer novelas de media maratón como El hombre duplicado, Las intermitencias de la muerte o el Ensayo sobre la lucidez —excelentes todas ellas— para después pasar a las más profundas: El ensayo sobre la ceguera, El evangelio según Jesucristo, El memorial del convento, La caverna y El año de la muerte de Ricardo Reis. De todas formas, por donde usted empiece, conocer a Saramago siempre va a ser motivo de eterno agradecimiento con la literatura y con la vida, que para él son lo mismo.

Las tormentas no son eternas: crónica de mi primer viaje con el navegante

Este año me cambió la vida. Quisiera decir que fue algo solo mío, pero la realidad es que le cambió la vida a toda la humanidad. Unas semanas antes de que empezara la pandemia perdí mi trabajo y tuve que cancelar un viaje que me hacía mucha ilusión. Luego, en el encierro, comencé a sentirme sola, atrapada, con muchos miedos y angustias; todo lo que creía seguro se desmoronó. Me sobrecogió una sensación de desesperanza e incertidumbre, no sabía qué hacer, ni cómo salir de allí. Por fortuna, una de mis mejores amigas, capitana de navegación, me invitó a unirme a su tripulación.

Puedo decir que el Navegante tuvo un papel protagónico en el escape que necesitaba de mí misma, del encierro físico, por el virus; pero también de mi encierro mental. Para mí el año pasado no solo fue difícil por la pandemia, también lo fue por lo que sucedió en el país, tanta violencia, tantas masacres… Eso me quebró de muchas formas, sobretodo el corazón.

Definitivamente mi cuarentena no hubiera sido igual sin esa hermosa tripulación de personas desconocidas, que al final se volvieron confidentes, que me ayudaron a escapar un poco de la realidad y del encierro. Verles dos veces a la semana para hablar de libros o cualquier otra cosa que no fuera la pandemia, el trabajo (porque contra todo pronóstico conseguí), la violencia o el encierro me lleva a decir que el Navegante fue el salvavidas que me sacó del ahogo y me presentó el mar para navegar.

A veces quisiera que el año no hubiera sido como fue, pero estaría mintiendo, supongo que de los peores momentos también florecen los mejores recuerdos. Puedo decir que tuve el privilegio de atravesar las tormentas de este año bien acompañada, no solo de letras, también de personas: navegantes de historias y pensamientos. Fue tan mágico que pude conocer un poco más las profundidades mentales y del alma que solo el arte permite alcanzar.

Solo me queda darle las gracias a la tripulación de este navío. Gracias por leer conmigo otros mundos, otros fondos; por compartir lecturas y percepciones diferentes que nos permitieron reconocernos y encontrarnos un poquito cada noche. Espero poder seguir compartiendo con ustedes las noches de este nuevo año que veo con mucha esperanza y felicidad, porque este es solo el inicio del cambio que la humanidad necesita y empieza a trasegar.


 

Una nostalgia erótica: Los ojos azules pelo negro

Los ojos azules pelo negro es una novela corta escrita por Marguerite Duras y publicada en 1988. En esta novela, la reconocida guionista de Hiroshima, mon amour nos dibuja a un hombre y una mujer que mantienen una relación disfuncional basada en el dolor y la frustración de no poder estar con un tercero a quien ambos desean. Sin embargo, la narración, que parece detenida en un presente eterno, no aclara en ningún momento de dónde vienen estos dos, ni qué piensan hacer. La autora no introduce ninguna historia, no presenta a los personajes y tampoco nos brinda ninguna pista de las acciones que están por acontecer. 
 
Ninguno de los dos personajes tiene nombre. Tampoco se ahonda en las características ni en el pasado de ninguno de los dos. Lo único que sabemos es que ella tiene los ojos azules y el pelo negro, tal como el tercero ausente: un joven extranjero que es la única causa para que nuestros protagonistas estén juntos. Un acto del destino hizo que se encontraran y a partir de ese momento, sus realidades no avanzan hacia ningún lado. Él y ella se quedan patinando alrededor del momento en el que perdieron al joven extranjero de los ojos azules y pelo negro. 
 
Después de la primeras páginas, en las que se produce el encuentro entre los protagonistas, toda la historia acontece en una habitación, que continuamente se transmuta en un escenario teatral, reforzando esa sensación de que estamos en un presente eterno. La magia del teatro es también la magia de la poesía y permite que las olas y la playa rocen el mismo espacio de la habitación. Este espacio, a pesar de sus límites materiales, se convierte en un infinito donde todo puede caber. El mundo de afuera deja de existir porque todo está adentro. En la habitación queda cancelado el tiempo de afuera, la vida queda en suspenso.
 
Él y ella lloran constantemente. El llanto se vuelve un lenguaje primario entre los dos y es más una causa que una consecuencia. El llanto de él la necesitaba a ella. Incluso puede ser que el llanto de los dos necesitaba la imagen del joven extranjero para poder salir. Juntos lloran por lo que nunca fue. Juntos añoran una imagen perdida que es irrecuperable. Intentan sanar una herida, pero se sumergen en una nostalgia abisal. Es la herida de la belleza perdida y para ello no hay solución a la vista, ninguna hendija para la esperanza.

Dado que la acción avanza lentamente, la novela nos permite recorrer y agotar el lugar del deseo, sobre el cual se vuelve todo el tiempo. Duras maneja un tono de erotismo poético que le da relieve al dramatismo de la situación. Sus descripciones retiñen las cicatrices que el tiempo, la desilusión y el sexo dejan sobre la piel. Finalmente acaba por exponernos el agotamiento del deseo, el aborrecimiento y el desperdicio de la belleza (de los cuerpos y del verano):
Es aquí, en esta habitación, donde ha transcurrido su verdadero verano, su experiencia, la experiencia del aborrecimiento de su sexo, y de su cuerpo, y de su vida”.

Hay quienes relacionan este estilo de Duras con su trabajo como guionista, pues más allá de hacernos una narración de acontecimientos, nos entrega un detallado guion de microacciones en el que la posición de una pierna o el leve movimiento de un dedo, puede convertirse en el suceso de la noche. Es casi como si nos describiera una coreografía, una micro danza que se repite ritualmente con leves transformaciones. Los personajes hablan entre ellos, pero lo que dicen tiene poca o nula influencia sobre lo que ocurre. Los diálogos no van en diálogo, sino que encajan en esta danza oscura y poética.
 
La escritura de Los ojos azules pelo negro es melodiosa y rítmica, como el ir y venir de las olas. En definitiva, no es un libro de lo que se cuenta, sino del cómo se cuenta. Es claro que en primera instancia no busca una identificación con el lector, pero quien se deje absorber por su lenguaje y su sensibilidad, acaba por dejarse tocar.

Adiós, elefantes rosados

Mi nombre es Juan Francisco Florido Arteaga y lo más seguro es que si usted está leyendo esto, es porque me conoce de algún lado, ya sea virtualmente -por cuestiones pandémicas- o presencialmente. En este último caso, usted me ha visto bebiendo como un barril sin fondo, al menos una vez. Lo que va a leer a continuación tiene que ver con mi proceso de desintoxicación (de alcohol) y está compuesto por distintos posts casi diarios que hice al respecto en redes sociales. Al principio, me interesaba mucho la idea de hacerlo público para que mis conocidos me obligaran a no echarme para atrás y así, generar algo de presión de grupo sobre mí, pero con el tiempo, me ha parecido muy interesante como ejercicio de escritura. Todas las entradas del proceso están compuestas, en parte o en su totalidad, por posts de Facebook íntegros o modificados. Da igual. La fecha de escritura de esta introducción no coincide con la de publicación. En cuanto a hasta qué punto es real o ficción, no vale la pena hacerse la pregunta. No son cosas que no le puedan pasar a cualquier persona y voy a darme la licencia de fabular, si así me diera la gana.     

19 de septiembre de 2020

Hoy decidí frenar en seco, para siempre o temporalmente. Hasta aquí llegué por ahora. La frasecita me resulta irónica porque no tengo por qué estar cansado, si prácticamente no salgo desde hace meses. No hago mucho ejercicio, no recibo muchas visitas y los domicilios hacen el resto. Sería muy fácil para mí decir que por eso bebo, pero no es verdad. Lo hago porque siempre lo he hecho y ahora que me salté la parte en la que uso el transporte público, no tengo afán por llegar a los pocos compromisos que tengo. Si antes tenía pocos remordimientos por llegar a cualquier lado con resaca, ahora mucho menos. Es más. No tengo que "llegar" a ningún lado. El zoom no tiene alcoholímetro. Y de todo eso me cansé. Voy a parar a partir de hoy. 

El año pasado (no recuerdo bien por qué lo decidí) duré 29 días sin beber. No ha sido el tiempo más largo que haya durado sin alcohol, pero sí lo es desde que me gradué de la ASAB. Ahora, no me siento precisamente contento. Todo lo contrario. El aislamiento no me exime de beber. En realidad, lo hago mucho más desde que arrancó el aislamiento. Mientras escribo esto, son las 4 am, estoy ebrio y tan deprimido que no me dan ganas ni de llorar o de dejar el sofá para meterme en la cama. Daría algo de pena ajena a quienes me vieran ahora. Ya que mi vida social hace meses dejó de existir ser una preocupación, prefiero parar de golpe. Supongo que no puede hacerme más mal del que me estoy haciendo, pero uno nunca sabe. 

Decidí hacerlo público para obligarme a cumplirlo. Creo que ese es uno de los mayores aprendizajes de la experiencia de los "gloriosos 29 días" sin alcohol. Además, podría ser gracioso, como cuando vi Game of Thrones varios años después del final de la última temporada y escribía lo que pensaba mientras tanto. Me daba risa hacer chistes sobre la primera temporada cuando a nadie más le importaba. Creo que por eso la gente lo sentía gracioso (independientemente de si en realidad lo era).

El año pasado saqué las siguientes conclusiones.

No sabía (ni se) divertirme sin trago.

Dejar de beber me regulaba el sueño.

No me sobraba la plata, pero tampoco se me acababa tan rápido.

Tenía mucha más energía durante esos días.

En Colombia se acostumbra a ofrecer alcohol en cualquier evento social, desde despedidas de solteros hasta bautizos.

Sin alcohol, fumaba el doble.

Mi aspecto personal mejoraba cuando no bebía. (¿Exactamente en qué? No se. Pero eso me decían.)

Detesto tener que inventarme excusas para rechazar un trago, razón de más para hacerlo público.

La gente me llama menos ahora que no bebo. 

Mi estado de ánimo mejora sin alcohol.

La gente que me conoce asocia mi nombre a trago.

Luego de 29 días sin beber, la primera prenda es fuerte.

No beber me causa ansiedad.

En ese momento, no pensaba dejarlo totalmente. Hoy, todavía no lo se.

No sé cómo desinhibirme.

Extrañaba el whiskey.

Sumado a todas estas conclusiones, entendí que sin bares, teatros, clases presenciales o lugares que vendan cerveza, no me da la gana salir. Para beber tengo la aplicación del OXXO. Mientras escribo esto, acabo de darme cuenta que ahora sí mi vida gira alrededor de beber. Y no es una exageración. No me dan ganas de vivir así. 

Vamos a ver qué pasa esta vez.




 


Saber hundirse: Sobre El Viaje Vertical de Enrique Vila-Matas

“Márchate, Federico. Déjame sola, quiero saber quién soy, lo necesito.” Fue lo último que escuchó Federico Mayol de boca de su esposa Julia, antes de su descenso hacia el vacío. Descenso, que con naturalidad le espera a un hombre de 77 años que consideraba firmes los cimientos de su vida, en cuya estructura aparentemente inquebrantable, vio abrirse una grieta tan amplia y profunda como para caer irreversiblemente y sin tener de dónde agarrarse. Enrique Vila-Matas hace de este suceso el boleto sin regreso para su protagonista en El Viaje Vertical, novela publicada en 1999, ganadora del premio Rómulo Gallegos y dedicada a su cónyuge Paula Massot (como todos sus libros).

«Acaecieron grandes terremotos e inundaciones y, en el breve espacio de una noche, la Atlántida se sumió en la tierra entreabierta.». Con este fragmento sustraído de La Atlántida de Platón, se adorna la puerta del capítulo 12: "La Atlántida". Desde el principio de la novela, este lugar enigmático se dibuja en el imaginario del lector con el trazo de Julián, el hijo pintor de Mayol. Este sujeto, aun pasando los 40 años, se comporta como una joven estrella del arte, que se debe por completo a sus creaciones y a sí mismo, hasta el punto de reducir a esto toda su sensibilidad y dejando muy poco de esta para su desesperado padre. De aquella vieja tierra sumergida en el agua, Julián cree provenir y por ello ser especial , al igual que Vila Matas, quien en una entrevista del 2019 dijo: 

Desde niño , tengo la impresión de provenir de la Atlántida. Me explico: salí de pesca con mis familiares cuando tenía tres años y algo ocurrió. Me provocó espanto el descubrimiento de la muerte o asfixia de los peces, y me dio la impresión de que yo venía de un mundo subterráneo que era la Atlántida, y esto ha permanecido hasta ahora. Trataba de averiguar por qué me había provocado este espanto la muerte de los peces, ya que pasé a no poder ver un pez muerto en la cocina de la casa de mi abuela, en donde tenía que comer, lo recuerdo, de espaldas a una naturaleza muerta en la que había un pescado sin vida (…) con gran júbilo y diversión de toda la familia porque yo había salido, como nieto mayor, especial. No podía ver un pez muerto. De hecho, prácticamente me desmayaba al verlo. Y eso sigue ocurriendo. No he comido nunca una sardina, por ejemplo.

Por cierto, Julián también se desmaya por ver un pez muerto. Resulta enigmático ver como el escritor construye un nuevo rompecabezas con piezas de su propia vida y crea a Julián, quien, como viviendo en un perpetuo puerto metafísico en donde se distorsiona la realidad, lanza juicios agudos hacia su padre: “Tú no tienes cultura”, se atreve a decirle al hombre cuya mayor frustración es no tener cultura, haber sido víctima a sus 14 años de las inclementes garras de la guerra que lo arrancaron de su sueño de poder estudiar y prepararse profesionalmente.

 


Federico Mayol siente ajenos a Julián, a quien fue su mujer, y al resto de su familia, y es así como ellos, lejos de ser una mano a la que se pudiera aferrar para evitar la caída , precipitan su descenso. Mayol decide viajar, primero a lo conocido, tratando de seguir consejos de tertulia, pero luego a donde se le antoja, siempre hacia el sur, como atraído por la fuerza de la gravedad. Cambiar de lugar geográfico para un hombre que se ha visto obligado a cambiar de lugar también en su interior, implica una mudanza absoluta. “Quiero saber quien soy”, le dijo Julia, tal vez sin pensar que en medio de toda esa incertidumbre interna y externa a la que se enfrentaría Federico Mayol, él también emprendería esa búsqueda. 

Sin duda, esa no es una empresa fácil a los 77 años. Biológicamente, el cuerpo se llena de achaques y limitaciones. Socialmente, esta es una etapa humana que además de no ser productiva, tiende a significar el resultado de la suma de todos los años anteriores, un producto que no varía, que ya no puede ascender ni hundirse, que es lo que es, no espera más que su muerte, y mucho menos suele aspirar a una introspección con miras al cuestionamiento sobre su ser. Pero, ¿Acaso rige una norma que dicte que un ser humano debe saber quién es antes de determinada edad? Puede que, además, la búsqueda de sí mismo nunca llegue a su cúspide (¿o a su fondo?), y que ese sea un viaje que no todos emprendan. 

La novela abriga en sus páginas a varios personajes, a los cuales, al igual que a Mayol, se les comienza a colapsar la superficie que solía sostenerlos. Pero no todos saben caer. Mayol, aún a su edad, aprende a hundirse, hace de esto “una peregrinación al fondo de si mismo”. Seguramente lo ayudó el emigrar lejos de lo que era su hogar, estar en lugares donde se encontró realmente solo, “percibir las cosas con menor sentido del detalle aunque con una mejor perspectiva del paisaje”. Tal vez solo la estrechez cálida de Isla de Madeira podía brindar a este hombre las condiciones atmosféricas necesarias, o ese quien sabe qué que tanto varia de individuo en individuo, para poder recordar que cuando las cosas no pueden estar peor, mejoran, para reconciliarse con la Atlántida de Julián. Para encontrarse con su propia Atlántida y hundirse en ella, cada día más.

La crítica se asienta: Tala de Thomas Bernhard

A principios del siglo XX, el escritor y periodista Karl Kraus publicó su libro de ensayos: Contra los periodistas y otros contras. Además de ser un férreo crítico de la cultura austriaca y europea, es recordado por sus ingeniosos aforismos. Su escritura cargada de polémica es un gran retrato del escenario de ebullición cultural de la Viena de la época y denota un espíritu austriaco dado a la reflexión y a la crítica.

Este mismo espíritu, en el que habría que hablar casi en términos de categoría filosófica, se agolpa y se hace casi palpable en la novela Tala, del escritor Thomas Bernhard. El narrador de la novela, escrita en un solo párrafo como un gran monólogo interior, suele criticar la falta de "espíritu" en los "antiartistas" con los que tiene la desgracia de compartir una reunión social. Se trata de un hombre de más de cincuenta años, el cual partió de Viena hace treinta, y a su regreso se encontró con el suicidio de Joana, una de sus mejores amigas de antaño. A raíz de esta muerte, es invitado a una cena artística en casa de los Auersberger, quienes antes fueran sus amigos y mecenas y a los que ahora desprecia profundamente.

Aborrezco a la gente como esta persona, que sólo están ahí para denigrarlo todo, que continuamente hablan de arte y no tienen ni idea de arte, que hablan de todo y no tienen ni idea de nada, a esas personas que estropean todas estas veladas hablando y cotilleando y cuya falta de espíritu clama al cielo"
Sin siquiera tiempo para cambiarse las prendas del funeral de Joana, la dichosa cena artística se presta para agasajar a un actor veterano del Burgtheater, al que nuestro narrador desprecia tanto como a los demás invitados. Con su constante refunfuñar, decide sentarse en un rincón y no hablar con nadie. Pero, ¿qué hace ahí y por qué, si está en contra de todo, no se marcha del piso de los Auersberger? ¿Qué lo ata a ese mundo de seres, según sus propias palabras, hipócritas y repulsivos? A simple vista, pareciera que accedió a la invitación por pura falta de voluntad y que por la misma razón permanece allí, "sentado en su sillón de orejas", entregado a sus recuerdos, en los que nos permite entrever su pasado en estos círculos artísticos. 

El peso de los años y el suicidio de Joana tienen a nuestro narrador sumido en ese estado contemplativo. Desde el sillón de orejas en la antesala de los Auersberger, observa a todos los invitados, pero nunca hace ni dice nada. Recuerda y escucha, pero no más. Como si ya no fuera el protagonista de la historia, sino solo un testigo de la misma, un testigo cansado de que todo se repita. Está en el mismo lugar y con las mismas personas con las que hace treinta años reía y conversaba. Pero él ya no es el mismo. Las cosas que en su juventud le parecían importantes y elevadas, ahora solo le causan repulsión. El encantamiento terminó. Treinta años después, ya se ha decepcionado de todos y también los ha decepcionado a todos. 

 

Y toda esta vorágine de las decepción y el tedio ocurrió porque el narrador, los Auersberger, Joana y todos los demás, pretendieron ser artistas. Cuando se trata de abrir camino y dejar huella en el mundo artístico, las pretensiones y las apuestas se doblan y tanto el éxito como el fracaso se convierten en abismos. No hay fórmula para el éxito, e incluso un "verdadero talento" como Joana, puede acabar sumida en el fracaso. Esta visión pesimista de Bernhard nos plantea un mundo artístico caníbal en el que no hay verdaderos amigos. Todos los presentes se dieron golpes de pecho en el entierro de Joana, pero nadie va a detener su vida por la finada artista del movimiento. Caerá en el olvido y el tinte más trágico de su muerte será pensar que, según el narrador, ella era la única artista auténtica, dotada incluso para ver la belleza de un modo extraterrenal.

Los sueños y los cuentos de hadas eran el verdadero sentido de su vida, pensaba yo ahora. Y por eso se mató, pensaba, porque un ser humano que ha hecho sólo de sueños y cuentos de hadas el contenido de su vida no puede sobrevivir en este mundo, pensaba"

En cambio, a todos los demás "pseudoartistas" en la reunión de los Auersberger les ganó la apariencia y la banalidad. Este juego de contrarios entre el artificio y la posible existencia de una naturalidad, se vuelve uno de los puntos más importantes de la novela. De hecho, este mismo conflicto es un eco de aquel que Henrik Iben expone en El pato salvaje, la obra que el actor del Burg viene de representar.  En dicha obra, Ibsen pone en cuestión la inclinación moral a la verdad a través de Gregorio, un personaje que tiene una "fiebre aguda de rectitud". La búsqueda de la Verdad, que Gregorio lleva hasta las últimas consecuencias, termina conduciendo a una desgracia. ¿No era mejor que los personajes siguieran viviendo bien, creyéndose su mentira? ¿Era necesario desarmar el castillo de naipes?

En todo caso, por más vino y falsedad que se pongan encima, los personajes de Tala no logran hacerse la vida más amable. Es como si aquella ciudad tuviera algo de infecundo que conduce a todos hacia la frustración. Bernhard describe a Viena como una ciudad que no acoge a nadie, y que por el contrario, rechaza y destruye a los artistas deseosos de hacer carrera que llegan a ella. Joana parece ser la prueba de ello, conducida al suicidio por una cadena de fracasos. Pero más allá de su diatriba contra Viena, la mayor diana de las puntadas de Bernhard son los círculos artísticos. No se puede convivir con ellos sin acabar untado de lo mismo, por lo cual la novela termina haciendo una exaltación de la soledad.

Desde la epígrafe de Voltaire que abre la novela, Bernhard plantea la renuncia a la compañía de los hombres como el único camino hacia la felicidad. La naturalidad no es posible en compañía y toda interacción social genera una máscara. No por nada nuestro protagonista se hizo escritor y menciona varias veces que preferiría estar en compañía de una buena lectura, ambas actividades solitarias. Marcado por esta elección de vida, una velada como la que ocupa la novela es una traición a sí mismo. Después de verse hastiado de todos y hasta de sí mismo, el protagonista sale a correr por las calles de Viena. Él, que estuvo sentado escuchando toda la noche, no puede más y ahora anda sin parar. Pero esta vez no le basta con repetir su gesto de hace treinta años, no es suficiente huir de aquel mundo de artificios para limpiar su espíritu. Todo el tedio, toda la repulsión que le produjo aquella cena artística le sale ahora a chorros como una cascada, y es entonces cuando aparece la necesidad de escribirlo. Es así como la novela acaba en su inicio: acaba con Bernhard sentándose a escribir Tala. 

Tras su publicación, esta novela estuvo fuera de circulación por un tiempo a causa de un pleito que interpuso un artista vienés, el cual sintió que estaba siendo retratado en la novela. Sin duda, Bernhard dio en el clavo y tocó un nervio muy profundo de la sociedad artística austriaca. Para quien está en las artes, su novela se vuelve un remedio amargo que es mejor tomar antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, aunque la hipocresía y las maneras impostadas del medio artístico no nos son del todo ajenas, hay algo particularmente europeo en Tala. Me atrevería a afirmar que se trata del cansancio de la razón, que después de dos guerras y un largo desfile de filosofías, se ha posado sobre el viejo continente como una nube gris.


Leer es rozar el infinito: Si una noche de invierno un viajero

Por Juan Francisco Florido Arteaga    ·

Portada. Editorial Siruela
   Portada: Editorial Siruela    ·




 
Desde un punto de vista personal, tengo que reconocer que mi peor pecado como lector es que soy inconstante. Me permito ser totalmente impulsivo a la hora de agarrar un libro nuevo o de segunda mano. Para mí, comenzar a leer un libro implica siempre un deseo enorme de descubrir. Me siento como un niño ante la emoción de la novedad y tal vez, precisamente por mi falta de madurez, tiendo a satisfacerme demasiado pronto. Voy comprando libros y probándolos como si fueran sabores de helado y una vez que lo hago, los dejo de lado para buscar más y más. La cantidad de libros iniciados que tengo es inmensa. Ocasionalmente vuelvo a acabarlos, pero no sucede con todos. Si bien no me interesa justificar ese comportamiento, (todos los días me propongo cambiarlo y no siempre lo logro) puedo decir con algo de desvergüenza que no soy el único lector de este tipo. Y no es que me consuele mucho compartir esta manía con más “enfermos” como yo, pero por lo menos puedo identificarme ocasionalmente (porque tampoco es que deje inconclusos todos los libros que leo) con más grupos de personas que, al igual que yo, tampoco se atreverían a decir esto en voz alta pero “padecen” de lo mismo.

La idea de leer un libro en parte compuesto por historias inconclusas me resultaba fascinante. Lo primero que sentí fue algo de alegría al saber que un autor era capaz de plasmar ese vicio que muchos compartimos y que no siempre decimos en un libro no tan extenso. Evidentemente la causa de los textos inconclusos va más allá de la pereza del autor, pero con el pasar de las páginas fui descubriendo que este libro no solamente se refiere a mí como lector en segunda persona y que tampoco me expone a mí como lector en la totalidad de mis “virtudes y vicios” sino que le habla a cualquier ser humano que tenga el hábito o la curiosidad de la lectura. (Antes de seguir, quiero confesar que mientras escribo esto, me faltan dos capítulos del libro, pero me comprometo ante todos los lectores como yo a finalizarlo, antes de comenzar a escribir el siguiente párrafo. Muy posiblemente haya detenido la lectura para no perder la idea que estoy escribiendo y que se me ocurrió mientras me acercaba al final. Dicho esto, continúo con la idea anterior.) “Si una noche de invierno un viajero” expone desde el principio la idea de ser un lector cualquiera, desde el momento en el que compramos un libro de un autor que nos gusta o desconocemos, hasta el momento de encontrar la posición, hora, día, momento y punto del sol adecuados para comenzar a leer, cosa que no es un asunto menor, mucho menos cuando se es miope (como en mi caso). Y no solo eso. Además de buscar que el lector se reconozca plena o parcialmente entre muchos tipos de lectores existentes, no le falta el humor para hablar de los mismos y para satirizar totalmente los procesos de producción, edición, venta y análisis académico de los libros en cuanto a objetos y en cuanto a sus contenidos.

Si el lector todavía sigue interesado, puede confiar que cumplí con la promesa hecha en el anterior párrafo. Al momento de escribir el presente, puedo decir con toda seguridad que finalicé los capítulos que aún tenía pendientes y confirmé la idea que tenía antes. Se trata de una novela experimental en la que el contexto de “multiplicidad” expuesto por el mismo autor en sus Seis propuestas para el próximo milenio resulta determinante. Cada lector nuevo, con sus vicios y sus defectos, vive una experiencia individual y diferente a la de cualquier otro. Cada relectura, determinada por un contexto nuevo y un mayor aprendizaje acumulado, generan en el lector una experiencia diferente con respecto a la primera y a su vez, un nuevo punto de vista o interpretación. Cada experiencia nueva de lectura es un potencial libro nuevo que se extiende más allá del objeto tangible. El concepto de multiplicidad no se limita a las posibilidades que cada lector concibe en cada lectura. Al tratarse de una experimentación sobre la forma, la novela de Calvino es múltiple en autores. Las diez historias inconclusas corresponden a un estilo determinado y por ende a un tipo de autor distinto, pero no se limita a las novelas inconclusas. También está el hilo conductor del lector que investiga que a su vez expone al traductor, al falsificador y al censor como nuevos tipos de autores posibles, a Flannery como autor de sus propias memorias, a los autores apócrifos y anónimos e incluso a Calvino mismo como autor de la totalidad del libro y al mismo tiempo, como lector.

Tantas historias cruzadas, tantas versiones inconsistentes de la misma investigación y tantos posibles títulos y autores apócrifos llevan a cuestionar el posible pacto de verosimilitud del lector con el texto en sus manos y sin embargo, el lector no se detiene. Aun cuando la autoría y la “autenticidad” de la historia son cuestionadas, lo verdaderamente importante es el acto de leer, de investigar y de encontrar nuevas historias incompletas. La lectura se vuelve entonces un ejercicio activo desde lo mental y lo físico distinto a la espera y el pacto cambia. La necesidad de “autenticidad” termina pasando a un segundo plano y sin embargo, se conserva. La cuestión de la verdadera identidad del autor que siempre está puesta en duda, nunca entrará en conflicto con la identidad del texto. El texto, su “autenticidad” y su identidad son reales por el hecho de estar escritas en el papel, de la misma forma que, parafraseando a Calvino, la poca información verídica que se tiene de Homero no ha impedido que La Iliada y La Odisea sean apreciadas y tampoco se le ha quitado el mérito a Gilgamesh de ser el primer poema épico, a pesar de no conocerse quién es el autor.

Los diez inicios de novela no son solamente manifestaciones de diez estilos distintos. Cada estilo dentro de las historias iniciales puede ser interpretado como un manual de escritura, casi que a modo de guía. Si bien no es explícito en todos, estos inicios de novela indican detalles importantes como el manejo de los simbolismos, la construcción de los espacios, el manejo del suspenso, la posibilidad de generar sensaciones en el lector, la multiplicidad de líneas narrativas dentro de una misma historia, cómo construir un personaje desde lo físico, etc. Cada inicio se puede tomar como modelo o ejercicio de escritura en un aspecto determinado, a pesar de su condición de fragmento inconcluso. La novela de Calvino recuerda mucho a los laberintos de Borges y a sus jardines de senderos que se bifurcan. Se podría llegar a decir que la manifestación de lo inconcluso da lugar a posibilidades infinitas. La capacidad de imaginar de cada lector a partir de lo inconcluso se puede multiplicar por un enorme número de lectores. Lo inconcluso es así antesala de lo infinito. No es casualidad que desde su prólogo, Calvino haya planteado la estructura de las diez historias como un círculo que se reinicia a partir de preguntas que él mismo le hace a las novelas. La condición fragmentaria de los textos también se manifiesta en los títulos. Aunque estos se puedan unir entre sí para formar una frase, el resultado final es una pregunta y por lo tanto, otra invitación a imaginar lo desconocido a partir de la falta de una certeza.  

El libro es la posibilidad de observar de frente al infinito. El aleph de Borges es el libro en cada una de sus lecturas y su verdadero poder es acercarnos al infinito. Calvino afirma que el sentido último de cada relato tiene dos caras: la continuidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. ¿No es acaso la noción de la muerte nuestra confrontación como seres perecederos con lo infinito? Las historias nos muestran que más allá de su conclusión, nuestra vida sigue. Y aunque no siga, el mundo no dejará de moverse. Incluso más allá de nuestra muerte. La noción de lo desconocido es un abismo negro y profundo del cual no vemos el fondo y por lo tanto, no podemos limitarlo. La novela de Calvino invita a una confrontación con lo desconocido a través de un ejercicio que todos estamos en condiciones de desarrollar: la lectura. Nuestra única forma para aproximarnos y experimentar el abismo de lo infinito es la lectura. Leer es la mejor forma que tenemos de rozar el infinito y esa es la invitación que Calvino y sus múltiples alteregos nos hacen en Si una noche de invierno un viajero.

 

Un alma en movimiento - Sobre Sostiene Pereira




UN ALMA EN MOVIMIENTO

Por: Nicolás Ibáñez

“El escritor de hoy, dicen, no debe ocuparse en modo alguno en los asuntos temporales; tampoco debe alinear palabras sin significado ni buscar únicamente la belleza de las frases y las imágenes: su función consiste en entregar mensajes a los lectores. ¿Qué es, pues, un mensaje? [...] El mensaje es, en fin de cuentas, un alma hecha objeto. Un alma…” Jean-Paul Sartre - ¿Qué es la literatura?

Portada de Sostiene Pereira - Editorial Anagrama

Un alma. 

Hablar de Sostiene Pereira, contrario a los que creen que se habla con mayor facilidad sobre lo que más nos apasiona, es, al menos para mí, un esfuerzo mayor. Llevo un tiempo cargando esta novela bajo el brazo por donde quiera que vaya. La leí por primera vez prestada de una biblioteca pública; luego la pesqué en un almacén de libros de segunda y la volví a leer esta vez impulsado a escribir una versión para teatro; más tarde la leí de nuevo en un viaje de fin de semana; ahora, por cuarta vez, la leo en la cuarentena y estoy seguro, si la muerte no me llega pronto, de querer volver a ella una y otra vez. Hay novelas que se convierten en amigos a los que siempre es grato frecuentar, esta es una de ellas. 

La novela de Tabucchi es la historia de un alma en movimiento. Alma entendida, claro, a la manera de Sartre, como un sujeto al que se lo contempla a una distancia respetuosa y que tiene algo para decirnos de nuestro tiempo, de nuestro espacio, de nuestra época. ¿Podría decirse, en este sentido, que Sostiene Pereira es una novela comprometida? Ya lo veremos. Por ahora centrémonos en la figura del narrador, punto máximo de la novela, desde donde Tabucchi nos presenta a su personaje. El narrador juega un papel preponderante en esta novela, sobresale en cada página como un testigo directo al que suponemos que Pereira le ha contado todo, o casi todo. Pereira, en efecto, es contemplado por el narrador y por nosotros, los lectores, desde una distancia respetuosa, pero además el artificio literario involucra al lector en una especie de confidencia, en una confesión íntima al recordarle permanentemente que la historia ha sido ya narrada y sostenida por Pereira y que nada, válgame la expresión, es salido enteramente de su costal. Este efecto produce por un lado una sensación de verosimilitud del relato, pero también nos insinúa una relación estrecha entre el narrador y el personaje, una cierta simpatía de complicidad y afecto. Pero hay algo más y es la utilización del verbo sostener, que deja entrever una manifestación de defensa de la propia historia, “Sostiene Pereira que…”, distanciando al narrador de la historia y poniendo como eje central el relato del protagonista. Vayamos a la novela.


Pereira es periodista, conocido sobre todo como antiguo escritor de crónicas, y dirige ahora la página cultural de un incipiente periódico de Lisboa, el Lisboa. Nos encontramos en 1938, en una Europa convulsa por los fanatismos, los totalitarismos y la guerra. Un día, Pereira, católico sin creer en la resurrección de la carne, lee una tesis universitaria que trata el tema de la muerte, y tal vez porque ha venido él mismo pensando en la muerte, decide contactarse con el joven escritor para que le ayude con la publicación semanal de la página cultural. El joven se llama Monteiro Rossi, acaba recibirse en filosofía y tal vez por esto y porque no tiene dinero acepta escribir las necrológicas que Pereira le pide como colaboración. Sin embargo las necrológicas que escribe Rossi son impublicables, tratan siempre temas políticos y, como sabemos, el Lisboa es un periódico independiente y no le gusta meterse en estos temas. Pese a esto, Pereira, tal vez porque no tiene hijos y porque su esposa murió hace algunos años, decide seguir pagando de su bolsillo los artículos y ayudando a Rossi. De a poco nos damos cuenta de que Rossi, influido por su novia Marta, anda metido en política, ayudando a los republicanos españoles que luchan en la guerra civil, mejor dicho, anda metido en problemas. Recordemos que la Portugal de entonces coqueteaba, con Salazar como patriarca, con el fascismo. Pereira es viejo, solitario, se interesa por la literatura y la cultura, pero a partir del momento en que conoce a esta pareja de muchachos se le empiezan a tambalear sus ideales, todo lo que daba por inamovible ahora lo encuentra voluble. Entonces, gordo como es, suda, se alimenta mal y se agrava su enfermedad del corazón. Por otro lado, Monteiro Rossi y Marta continúan trabajando para los republicanos reclutando gente en el Alentejo y Pereira, enterado de todo, continúa ayudándolos en secreto. 



Un día, sin embargo, Pereira decide tomarse un descanso y se interna en una clínica telasoterápica que le recomienda su doctor de cabecera. Allí conoce al doctor Cardoso y se adentra los métodos telasoterápicos, poco ortodoxos, de sanación. Aquí está la tesis fundamental de la novela, cuando el doctor Cardoso, después de una larga conversación sobre psicología y dietética, le confiere a Pereira la teoría de la confederación de las almas. De nuevo el alma. La teoría considera que el ser humano, contrario a la creencia de la religión católica, no está regido por un alma única e indivisible, sino que está conformado por varias almas que se pelean por la predominancia del yo hegemónico, pero que este yo hegemónico puede cambiar a partir de ciertos eventos. Cardoso ha escuchado toda la historia de Pereira y a partir de su teoría lo invita a dejar salir ese nuevo yo hegemónico que anda latiendo fuerte y a que se deje de tantas limonadas repletas de azúcar que tan mal le hacen. La idea termina de calar en Pereira una vez regresa de la clínica y encuentra una Lisboa cada vez más instalada en el fascismo, apoyado incluso por algunos sectores de la iglesia católica. 


A partir de este momento todo se empieza a complicar. El director de su periódico lo incita a que publique sobre temas nacionalistas y abandone la idea de traducir cuentos franceses que están tan alejados de la cultura portuguesa como era costumbre en él. La portera de su oficina, espía del régimen, empieza a ojear sus cartas y a recibir sus llamadas. El ambiente es de tensa calma y las noticias que llegan desde Londres no son las más alentadoras. En esto vuelve Monteiro Rossi del Alentejo, cada vez con más problemas encima, lo vienen persiguiendo y se refugia en casa de Pereira. Pereira, tal vez porque el muchacho es joven y se le parece, tal vez viéndolo como el hijo que nunca pudo tener, lo esconde. Pero cometen un error o una serie de errores, hacen una llamada a Marta que ella devuelve a la oficina preguntando por su novio y la policía se entera de que Rossi está en casa de Pereira. Esa misma noche, después de una cena de lo más amable que Pereira ha preparado para Rossi, tocan a la puerta. Es la policía, una policía de civil, paramilitares, guardia civil o como quiera que se llame; preguntan por Rossi, ultrajan a Pereira y terminan por matar al muchacho tratando de sacarle información. Pereira entonces deja salir su nuevo yo hegemónico e idea un plan. Escribe un artículo contándolo todo, la manera en que esta policía ultraja a sus conciudadanos y expone minuciosamente la represión que se vive en Portugal. Para que el artículo pueda pasar la censura se alía con Cardoso, el doctor de la clínica, quien se hace pasar por un viejo amigo de Pereira que trabaja en la censura y convence al impresor de que el artículo es limpio, que la prensa portuguesa también lo es y el artículo se publica. Acto seguido Pareira huye a su tan querida Francia, donde podrá hablar sin miedo. 

Antonio Tabucchi
A través de todo el relato, Pereira habla con el retrato de su mujer y le cuenta paso a paso su transformación. Es de las primeras imágenes que vemos en la novela y también la última, cuando decide empacar el retrato en la maleta que se llevará al exilio. En muy pocas páginas tenemos todo un contexto histórico y la historia de una decisión, de un cambio. Esta transformación del personaje central es la que a mi modo de ver es comprometida, porque expone un embotamiento del mundo intelectual de la época frente a la historia reciente, porque de fondo reposa la idea de un intelectual perezoso, de vacaciones, que prefiere ver para otro lado o establecerse cómodamente con las épocas imperantes. He aquí que Tabucchi nos enseña que una persona puede cambiar, que el alma no es única e indivisible y que, a pesar de los años que se tengan, nunca es preciso fijar raíces tan profundas en ninguna parte. La movilización es tanto física, el exilio, como psíquica e ideológica. El mensaje de la novela del que habla Sartre, más allá de la evidencia periodística de cómo funcionaba el régimen, es una invitación a estar atento, a no fijarse en un statu quo propio inamovible, sino a siempre tener la posibilidad de abrirle puertas a nuevos yo hegemónicos. Pero para eso es necesario despertar. 


Y la idea sigue más viva que nunca porque en estos tiempos el debate, sea el que sea, se nos divide tajantemente entre dos polos opuestos. No más es necesario entrar a Twitter o revisar cualquier campaña política del mundo, y no vayamos tan lejos, no hace falta sino conversar con otra persona sobre cualquier tema sensible para darnos cuenta de que “tener una posición” está de moda y que por el contrario cambiarla o analizar la parte contraria es muestra de debilidad, de traición. El sincretismo ideológico queda fuera de toda comprensión, de toda chance y el que lo aplica puede tildarse de tibio. La tibieza, para mí, es anclarse en un extremo, dejarse estar cómodo en él y desde esa trinchera disparar sin remedio al bando contrario. Al estar en épocas tan parecidas a las del contexto de la novela, no estaría nada mal leer a Tabucchi y reconsiderar nuestra confederación de las almas. 


El atravesado de Caicedo: una afirmación de vida

Terminaba la década de los 60'. El mundo se tambaleaba al ritmo de las canciones de rock n' roll. Las crisis políticas, económicas y militares de la guerra fría daban sus coletazos a lo largo del globo. En 1955, un joven James Dean había hecho rugir su motocicleta mientras sostenía un cigarrillo al costado de la boca. Años después, los jóvenes de una ciudad del occidente de Colombia seguían viéndolo en la pantalla grande de los teatros locales. Nacía una generación de atravesados.

El Atravesado, este gran monólogo de un adolescente solitario, se sitúa en Cali de los años 60'. Su protagonista parece tener un don natural para pelear. Pelea porque afirma no tenerle miedo a nada, porque está dispuesto a probar lo macho que es ante cualquiera y también porque no encuentra otra manera de encarar una ciudad adversa y desigual. No pasa mucho tiempo antes de que este joven termine involucrado con "las galladas", una especie de pandillas o de tribus de la ciudad. Al igual que cualquier pandilla, las galladas se enfrentaban por control territorial y por dejar en alto su nombre. Sin embargo, tenían una característica que solo parece posible bajo el cielo caleño: eran tan buenos bailarines como peleadores y veían cuanta película se les atravesaba.
Que se pongan de este lado a los que les gusta más la pelea, y de este otro a los que les gusta más el cine.
Andrés Caicedo es recordado no solo como un talentoso y precoz escritor, sino también como un cinéfilo empedernido. Su Ojo al cine se lee casi tanto como sus novelas y cuentos. En el caso de El Atravesado, sucede que el personaje principal también es un adepto al séptimo arte. Sus constantes referencias a películas de violencia y pandillas hacen que nos preguntemos sobre el origen del mal social que se relata en la historia. Podríamos llegar a pensar que los jóvenes de la historia solo replican lo que ven en la pantalla grande, y que ahí está la fuente de tanta violencia y subversión. Sin embargo, si nos quedamos solo con eso, estaríamos cegándonos ante algo que el mismo Caicedo pone ante nuestros ojos. Estos jóvenes caleños no necesitaban meterse a un cine para encarar la violencia, esta venía rondando sus vidas desde antes de nacer. A medida que avanza la historia, descubrimos que la fuerza bruta no es tal, sino que está íntimamente ligada a un contexto de violencia partidista, sicariato, limpieza social, lucha de clases y represión. Desde la visión de este joven atravesado, Caicedo expone un panorama de la violencia colombiana de mediados de siglo. Este aspecto, sumado a la riqueza estilística de el relato, es otra muestra de la complejidad que alcanzó este escritor caleño a pesar de su temprano suicidio.



El Atravesado no es un hombre de muchas amistades. Lo único que podría ser un polo a tierra para su ímpetu es el amor. Aunque su amor idílico, María del Mar, consigue alejar su mente de los "totes", no está excento de la barrera del clasismo que ningún Rayito de luna logra penetrar. Su único amor real termina siendo el de su madre, único refugio y fortaleza. Este amor maternal va de la mano con la búsqueda de la afirmación de la vida sobre la muerte. Los jóvenes de las galladas dándose "totes" buscan darse un lugar, buscan una manera de afirmarse en una sociedad que les ha cerrado todas las puertas. A eso se dirige también el siguiente cuento, Maternidad, que leímos como complemento de El Atravesado. 

A primera vista, Maternindad es un texto sumamente machista, sobre un joven que utiliza a una chica para que le de un hijo. En primera instancia, su estilo no deja entrever un tratamiento crítico del tema, más no por eso deberíamos asumir que no lo tiene. Sin duda es un texto arriesgado, que suprime toda la sensibilidad del rol maternal femenino y quizá devela un hecho que nuestra tradición preferiría omitir: la reproducción no es un hecho sagrado y familiar, sino una afirmación de vida, una pulsión por existir que nace ante los tiempos más difíciles.

Hermandad: Una novelita lumpen de Roberto Bolaño

La primera impresión que genera el texto de Bolaño es de una sensación de total desasosiego. Desde el título del libro, pasando por un epígrafe de Artaud en el que se califica la escritura como un oficio de cerdos y más específicamente una marranada, hasta el capítulo número 1 que arranca con la muerte repentina de dos personajes que dejan huérfanos a los protagonistas. Ni siquiera la dedicatoria a los hijos del autor disminuye esta sensación, pues es inevitable relacionarlos con los dos protagonistas abandonados y sin futuro. Todos estos elementos, sumados a un estilo crudo y también sumado a caracterización de dos hermanos abandonados del resto de su familia generan esta sensación, además de un desdén del autor hacia la obra, similar al que puede tener Bianca hacia el futuro o la vida misma.

La Roma de Bolaño está lejos de ser la Roma barroca y clásica que se muestra a los turistas. Si bien se mencionan plazas, calles, estaciones de metro, etc., se trata de la Roma de los barrios residenciales de clase media, de las pequeñas peluquerías y de los videoclubs atendidos por inmigrantes. El desarraigo es un rasgo común a todos los personajes de esta Roma indiferente. Además de los protagonistas abandonados a su suerte y Maciste, viejo, solitario, ciego y decadente, los dos personajes que siguen al hermano de Bianca y se instalan en la casa de ambos, están desprovistos de cualquier rasgo de identidad. Tienen proveniencia pero no tienen nombre, no tienen papeles, se confunden entre sí, para Bianca no tienen rostro y a veces ni siquiera dejan rastros de suciedad. No tienen identidad, pero su presencia deteriora todo lo que tocan. El entusiasmo del hermano por su idea del ejercicio (que más que una pasión parece una táctica para evadir la tristeza) termina en un decaimiento físico y emocional, mientras que Bianca termina por involucrarlos a su vida sin cuestionárselo mucho.


Ambos personajes son quienes la incitarán a “iniciar su vida criminal con Maciste”: una antigua estrella de cine, decadente y condenada al olvido como los videoclubs romanos en los que Bianca y su hermano rentaban porno. El espacio que habita Maciste es enorme y lleno de sombras, en contraste con la luz cegadora permanente con la que Bianca observa todo a su alrededor. La laberíntica y deshabitada casa de Maciste se vuelve el lugar seguro de Bianca, en contraste con su pequeño piso, saturado con la presencia de los dos individuos y de su hermano. Por un momento, este lugar se vuelve su refugio seguro. Incluso ella misma llega a pensar que está enamorada.

No obstante, hay un tema que es ajeno a toda visión nihilista y decadente que atraviesa todo el libro: la relación de ambos hermanos. Desde el inicio, Bianca, narradora de la novela, está totalmente abandonada a su suerte, sin que esto le importe tampoco demasiado. Ella misma se describe como una mujer promedio en inteligencia y belleza, sin ningún interés o esperanza en el futuro. Si acaso, su mayor afán es trabajar para pagar deudas. No obstante, el único lazo que conserva a lo largo de la novela es el que tiene con su hermano. De resto, ella lo abandona todo. Es cierto que no es una relación atravesada por el afecto (de hecho no existe el afecto de ningún tipo en la novela) pero los poquísimos intereses de Bianca, como por ejemplo el gusto por los videoclubs, son compartidos con su hermano. Las relaciones fraternales, en muchos casos, no tienen que estar permeadas por muestras de cariño. De hecho, suelen estar basadas en la rivalidad, como se puede ver en muchos ejemplos dentro de la literatura. Sin ir más lejos, Rómulo y Remo, presuntos fundadores de la ciudad en la que todo ocurre, terminan por matarse a sí mismos. Este no es el caso de la novela de Bolaño. Al asumir la muerte de los padres, el abandono estatal y el desprecio de sus demás familiares, ambos personajes quedan casi en el ostracismo, pero lo único que conservan es el lazo entre ambos. La palabra “lumpen” implica una falta de conciencia de clase, lo cual hace parte del desarraigo y la falta de identidad de los mismos, pero lo único a lo que no renuncian es al lazo de hermandad: tal vez la única posesión que aún les queda y que consolidarán al final de la novela.