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Hay una luz

Por: Ana María Hernández

Las cosas no iban bien en la familia desde que el abuelo entró en coma, y mucho menos desde que desapareció. Hacía varios meses Roby observaba a diario la comida del desayuno, el almuerzo y la cena de su padre enfriarse a la espera de ser consumida por aquel que poca cabeza tenía para satisfacer sus necesidades básicas. Los primeros días escuchaba a su mamá gritando una, dos, tres veces:

-¡William! ,¡Venga a comer!

Pero no obtenía respuesta, luego la veía histérica, agarrando a golpes la puerta del sótano sin parar de llamarlo, esfuerzo que con él tiempo se dio cuenta era inútil. Ahora ella solo se limitaba a servirle mecánicamente, sin gastar en vano un mínimo aliento de su voz. Al final del día encontraban la mesa colmada de platos aún con comida. Tan solo a altas horas, cuando hijo y madre estaban en sus respectivas habitaciones, Roby escuchaba el chillido agudo de la puerta del sótano, luego no era difícil percibir en la silenciosa noche el raspar afanado del cubierto en la losa. A la mañana siguiente amanecían los mismos platos sobre la mesa, pero esta vez vacíos. Lo peor comenzó cuando al amanecer la mesa aparecía sin platos, pues poco a poco la madre ya no tuvo un artefacto en el cual servir la comida.

-Robisito, vaya y le dice a su papá que saque los platos, me imagino el mierdero que debe tener en ese sótano.

-¿Pero yo por qué, mamá? Vaya usted.

- Papito, hágame el favor. Es que no quiero verle la jeta.

Roby percibió en la voz de su madre un tono contundente y triste tan extraño en ella que no siguió poniendo oposición. Se acercó a la puerta del sótano determinado a obtener los platos, llamó a su padre una, dos, tres veces, agarró la puerta a golpes, y al final, tras no obtener respuesta fue al patio en busca del mazo. Fueron necesarios varios golpes propiciados por un esfuerzo muscular excedido y alimentado por la ira para poder tumbar la sólida puerta. La madre, que miraba en silencio, se acercó veloz a la entrada por la cual salía una incandescente luz blanca que poco dejaba ver del interior del recinto. Juntos descendieron con dificultad las escaleras hasta quedar atónitos ante la presencia del padre que salió a su encuentro muy pálido y delgado, con postura de alerta y en la mano una jeringa que contenía un líquido levemente rojo. Todo su cuerpo temblaba. Trató de decir algo pero de inmediato se desmayó, golpeándose fuertemente la cabeza contra el borde de un escalón. Roby corrió al teléfono a llamar una ambulancia.

-“Solo puede acompañarnos una persona” Dijo el enfermero

-Yo voy, papito. Usted vaya al sótano, busque los documentos de Wiliam y me los lleva.

Corrió Roby hasta el sótano, lugar inexplorado por él, y sin tener la más mínima idea de dónde podrían estar los documentos de su padre, descendió de nuevo las escaleras esperando encontrar alguna carpeta con papeles, algún cajón con carpetas, algún mueble con cajones , pero al observar afanosamente a su alrededor todo lo que vio fue mucho desorden, la vajilla de su madre dispersa por todas partes y untada de comida, y abarcando gran parte del espacio decenas de envases pequeños organizados en filas y aislados del desorden, los cuales contenían un líquido similar al que tenía el padre en la jeringa. Roby encontró cerca un microscopio cuyo foco sostenía una muestra de la extraña sustancia.

Observó a través del ocular y pudo contemplar que el líquido estaba compuesto por miles de seres circulares y diminutos. Entonces recordó la primera vez que su padre le mostró algo parecido, el día en que usando el microscopio le dejó ver las células que había logrado cultivar con el objetivo de regenerar el ojo derecho de Bono, su perro viejo y tuerto, quien tiempo después de inyectarle la dosis pudo volver a ver con dos ojos.

- ¡Wiliam! Esto es un milagro de la virgencita, ¡Bendita madre!

– ¿Bendita madre? Benditas células madre es que debe decir, Amanda. ¿Se imaginan todo lo que podré hacer después de esto?

Mientras recordaba la profunda consagración de su padre a la ciencia, volvía a las mismas preguntas de esos meses. ¿Qué era aquello que lo había impulsado a abandonar su investigación en el laboratorio, su familia y hasta su salud? No podía ser solo la desaparición del abuelo. Se quedó quieto un momento, con la mirada vacía, hasta que recordó que tenía que buscar los documentos.

El lugar que más posibilidad ofrecía de encontrar la billetera era la mesa. Se dispuso a despejar el cúmulo de papeles, los cuales contenían escritos con cifras, diagramas, y algunas gráficas de partes del cuerpo humano. Después de avanzar en la búsqueda, despejando papeles se encontró con un espacio de la superficie de la mesa y vio allí adherida una de las últimas fotos que se tomó el abuelo.

Aparecía tan sonriente, tan vivo, que no pudo evitar que un par de lágrimas se deslizaran por su rostro. Recordó cómo él solía llamarlo cariñosamente desde que era un niño y aun cuando ya era un joven: “Mijito”. Recordó también las últimas palabras que le escuchó antes de que cayera en coma : “Se les acabó el abuelo, Mijito”. Despejó el área de la foto para contemplarla mejor, descubriendo que junto a esta había adherida otra foto, y junto a esa, otra, y otra. De un solo impulso liberó de papeles toda la mesa, comprobando que la superficie se hallaba completamente tapizada con fotos de su abuelo, en distintos momentos, con distinta edad y en orden cronológico. Por un lado, le sorprendió una vez más ver el enorme parecido que tenía su abuelo, cuando era un niño, con él, cuando era un niño; el cabello entorchado y castaño, los ojos claros y de mirada alegre, la sonrisa desviada hacia la izquierda. Y por otro lado, llegó a la conclusión de que la preocupación del padre por el abuelo tenía que ver en este asunto más de lo que él creía. El timbre del teléfono lo sacó bruscamente de la reflexión:

-Mami, como está mi papá, ya los atendieron?... No, mamá, nada… ¿Usted no sabe dónde guarda mi papá esos papeles, o al menos la billetera?... Es que no encuentro nada, allá abajo hay mucho desorden…

Se quedó completamente mudo al sentir unos pasos subiendo las escaleras del sótano. Fijó su mirada en la entrada y presenció cómo poco a poco se asomaba un niño desnudo, de cabello entorchado y castaño, ojos claros, mirada alegre y sonrisa desviada hacia la izquierda, sus brazos mostraban claras señales de múltiples pinchadas. Cargaba en la mano una billetera, y extendiéndola hacia él le dijo:

-Tenga, mijito. ¡Llévela pronto!

Duodécima quinta estrategia

Por: Camilo Sastre

Se traza una línea recta entre dos puntos, sabiendo que toda línea es solamente una sucesión de puntos y con perfecta consciencia de que toda vida es solamente una sucesión de puntos en tiempos y espacios finitos e infinitos. Ahora bien, sobre la línea recta anteriormente trazada se dibuja suavemente un paisaje en otoño -porque es bien conocido por todos que el otoño trae consigo un cierto aire que dispone fenomenalmente a la poesía, y en ocasiones, hay que decirlo, a vivir-, siempre y cuando aquello no intervenga en modo alguno la sucesión de puntos en espacio y tiempo ya trazada.

Completado lo anterior, sobre el punto inicial de nuestra línea se traza un arco separado de dicho punto por un radio aproximado al segmento de línea empleado para aprender a conjugar perfectamente el verbo ser. Sin embargo, en caso de no satisfacer a plenitud este requerimiento, el interesado puede hacer uso del verbo caminar, teniendo especial cuidado en que la utilización de dicho verbo no se utilice nunca so pretexto de desviar la dirección que hasta el momento habían adoptado los puntos en espacio y tiempo.

Trazado el arco, se procederá a dibujar una tangente que roce dicho arco, formando así con la sucesión de puntos en espacio y tiempo un ángulo de no más de 55º, evitando con ello una sobreestimación del ángulo de 45°, una subestimación del de 90° y de paso logrando una calculada omisión del de 60°.

Sobre la tangente se traza ahora una línea perpendicular que permita la intersección entre nuestra sucesión de puntos en espacio y tiempo inicial, y una nueva sucesión; haciendo marcado énfasis en que los puntos sobre los cuales se llevará a cabo la intersección en ambas sucesiones deben coincidir perfectamente en espacio y tiempo.

Una vez logrado lo anterior, se puede proceder a identificar inequívocamente la conjugación del verbo amar al interior de ambas líneas rectas…



Un relato y una carta escritos al azar


Por: Juan Francisco Florido Arteaga

Juego de escritura diaria # 3:

LAS SEMANAS SANTAS

Hasta de pronto te acuerdas. Esa vez cuando iban en semana santa a la finca de tu abuelo. Por ahí a las afueras del pueblo. Que tu papá te decía que no se podía comer carne. Que no te bañaras en el río porque dizque te convertías en una trucha. Que los jueves y viernes santo eran para ayuno y el resto de la semana se rezaba. Acuérdate de lo mucho que odiabas el viudo de capaz, pero igual te lo comías porque no había nada más. Odiabas la noche de oración y de silencio pero amabas madrugar. Siempre te levantabas temprano para acompañar a tus abuelos y a tu hermano Luis a meterte entre los frutales. Para esa época ya estaban cargados de duraznos redondos y rosados. Lunes, martes y miércoles ibas desde temprano con Luis y tu abuelo a cosechar la fruta hasta que la abuela llamaba a almorzar viudo de capaz. Luego de eso, no se te permitía salir. Hasta de pronto te acuerdas cuando cumpliste los 5 años que te llenabas los zapatos de tierra y sudabas mientras cargabas costales llenos de durazno. El miércoles te tocó comerte el viudo y luego ibas para tu cuarto donde te ponían a rezar. De pronto te acuerdas del hambre tan tremenda que te dio ese día y en lugar de quedarte en tu cuarto, te escabulliste a la cocina sin que tu padre te viera. La cocina estaba roja por la luz del atardecer y olía a puro durazno recién cortado. Una mezcla entre dulce, tierra y agua lluvia. Hacía frío y no te contuviste. Te metiste en el costal de tu abuela y te robaste por lo menos cinco duraznos. Cuando no podías más del hambre le clavaste los dientes al primero y notaste lo extraño del sabor. Cuando lo miraste, te diste cuenta que por dentro estaba lleno de gusanos y lo escupiste. Botaste los demás, gritaste y lloraste tanto que tu padre salió corriendo de su cuarto. Te dio cuatro golpes con su cinturón y no saliste del cuarto hasta después del viernes santo. Nunca volviste a probar un durazno. ¿Te acuerdas?

 Juego de escritura diaria # 5:

FINAL ALTERNATIVO PARA LA PENA MÁXIMA


Barranquilla, febrero 15 de 2003
Señora
Luz Dary de Concha
Apreciada sra:
Por medio de la presente, lamentamos anunciarle el fallecimiento de los señores Mariano Concha y Saúl Concha el 2 de febrero del año en curso. Los dos señores fueron encontrados en el Estadio Metropolitano Roberto Meléndez. Según los informes médicos, la muerte del señor Mariano Concha se dió debido a un impacto en el cráneo provocado por un salto de euforia contra el barandal de la tribuna sur, durante el compromiso entre la selección Colombia y la selección de Ecuador. No obstante, su muerte no fue inmediata. Su cuerpo fue hallado en el baño de la tribuna sur, una semana después del compromiso.
A su lado encontramos el cuerpo del señor Saúl Concha, fallecido por intoxicación etílica. Si bien los señores fallecieron hace dos semanas, el personal del estadio únicamente pudo saberlo alertados por el olor de sus cuerpos en descomposición. Este olor resulta ser muy común en los servicios sanitarios del estadio, motivo por el cual no despertó sospechas inicialmente.
Además de nuestras sentidas condolencias, le solicitamos muy atentamente que se comunique con la secretaria de cultura, patrimonio y turismo de la ciudad con el fin de disponer de los cuerpos, dado que los demás familiares de ambos señores se han negado a recibirlos.
De igual manera, recibirá una citación por parte de la fiscalía seccional Barranquilla para responder por los daños que sus familiares causaron en la terminal de transportes de la ciudad.
Agradecemos su comprensión.
Atentamente:
Luis Diógenes Pulgarín Aguirre
Gerente del Estadio Metropolitano de Barranquilla Roberto Meléndez